Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México

 

Rafael Rojas, La escritura de la Independencia. El surgimiento de la opinión pública en México, México, Taurus-Centro de Investigación y Docencia Económicas,
2003, 326 p.

Rodrigo Moreno Gutiérrez
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM


Felizmente nos hemos venido topando en el último lustro con sustanciosos estudios que abordan desde distintos ángulos los primeros años de vida independiente mexicana. Partiendo siempre de inquietudes contemporáneas, este conjunto de investigaciones recientes ha profundizado en numerosos problemas de la compleja tercera década del siglo XIX. Así, la articulación regional del federalismo, la construcción de la legitimidad política, la formación del gobierno representativo y la problemática editorial y cultural han sido algunos de los tópicos examinados a través de variadas publicaciones colectivas e individuales. En este marco, el historiador y ensayista Rafael Rojas se ocupó del particular tema de la opinión pública en La escritura de la Independencia, sin dejar de lado los avances y las preocupaciones de las demás temáticas de este corpus historiográfico contemporáneo.

El libro -dividido en seis capítulos- es definido por el propio autor como "un recorrido por la vida política del México posvirreinal, que toma en cuenta el debate historiográfico sin adherirse rígidamente a ningún enfoque" (p. 12), empeño con el que aborda a lo largo de la obra tal diversidad de temas (las instituciones, los actores y las prácticas políticas; los comportamientos, los imaginarios y las sociabilidades; las logias, las facciones parlamentarias, los grupos de opinión y los pronunciamientos militares, por ejemplo) que acaso el objetivo último es una historia intelectual de la política mexicana en los años colindantes con la consumación de la Independencia. Rojas logra un notable equilibrio entre el estudio de las sociabilidades políticas y lo que él llama la arqueología de la literatura política, pues como fuentes primarias utiliza esencialmente periódicos, proclamas, panfletos y pasquines, aunque siempre refrescados por bibliografía muy actualizada montada en un andamiaje teórico que echa mano de un abanico multicolor de autores revolucionarios del corte de Chartier, Le Goff y Ariès.

La ambición temática sin ambages de la obra de Rojas produce dos efectos. Primero que el autor logra, a final de cuentas, explicitar las contradicciones de la cultura política, contradicciones que en gran medida ofrecen múltiples claves para comprender la inestabilidad política de esa turbulenta década de los 1820. Y en segundo término, este interés casi ilimitado del autor en tantísimos problemas históricos provoca la relativa carencia de un hilo conductor a lo largo de la investigación. Esta carencia, empero, no es del todo negativa. Aunque ciertamente los capítulos de La escritura de la Independencia se encuentren relativamente desvinculados entre sí, cada uno de ellos es completo y redondo individualmente, por así decirlo. Veamos.

El primer capítulo se ocupa de la apertura y las transformaciones del "espacio público" (en el sentido habermasiano) del tiempo de la guerra de Independencia. Se hace aquí un recuento de la compleja circunstancia política y social del virreinato de la Nueva España -esa realidad fragmentada, corporativa, jerárquica y estamental- con el fin de analizar la introducción de la lógica representativa y la práctica de las nuevas formas de sociabilidad política producidas antes y durante la década revolucionaria. Rojas retoma el examen del discurso criollo (o criollista) para entender la peculiar cultura política que en él se gestó, así como la irrupción de las corrientes ilustradas y la filosofía moderna en esa variopinta "identidad criolla". Para el autor la Ilustración produjo dos discursos: el mesianismo imperial criollo (que concibió la independencia como la recuperación de la soberanía usurpada a lo largo de tres siglos) y el "autonomismo monárquico de la elite residente" (que preconizó la independencia como la maduración de un reino que consigue su autonomía). Según Rojas estas dos líneas discursivas se fueron separando cada vez más. En este entendido, la llamada elite residente transitó de las demandas del Ayuntamiento en 1808 a las Cortes de Cádiz mientras que el criollismo se fue radicalizando en la dinámica de la lucha armada. No concede, pues, la imbricación de estos dos procesos y la creación de una cultura política compartida. En este periodo Rojas ubica el germen de formas de asociación como las sociedades secretas, las conjuras locales, las partidas armadas, los grupos de opinión, las diputaciones provinciales y las facciones parlamentarias, todas ellas formas políticamente modernas pero que en la Nueva España no llegaron a desplazar por completo a la sociabilidad del Antiguo Régimen. Es específicamente en los intensos debates jurídicos de 1808 que ubica "una posible sociabilidad representativa de la política novohispana" (p. 38) y el nacimiento de una noción de lo público trascendente a los márgenes de las identidades corporativas, tan típicas del Antiguo Régimen. El autor logra identificar las diferencias conceptuales entre protagonistas de ese momento (Villaurrutia, Azcárate y Primo de Verdad) que tradicionalmente son uniformados y deslinda el modelo social planteado por cada uno.

Luego del brusco degüelle que significó el golpe de Estado de Yermo, para Rojas el espacio público novohispano se trasladó a Cádiz en el momento de las Cortes. Habría que preguntarse si la insurgencia no engendró por su propia cuenta un peculiar espacio público, pues hubo debate político y publicaciones periódicas. En este sentido la interpretación de Rojas se presta a una ligera confusión, pues aunque ciertamente hay una conexión ideológica entre las demandas del cabildo mexicano de 1808, los diputados gaditanos y la insurgencia, es necesario aclarar que esta última nunca vio con buenos ojos ni los debates habidos en Cádiz ni la Constitución de 1812 (a la que literalmente calificaba como el "parto de los montes"). Lo cierto es que "la Pepa" fue el motor que echó a andar definitivamente la lógica representativa en la Nueva España a pesar de la resistencia de las autoridades virreinales.

Finalmente Rojas revisa la conformación y las expresiones del imaginario liberal y autonomista criollo remontándose, primero, a la tradición gacetera novohispana de tintes ilustrados y progresistas (que quizá sea exagerado calificar como pedagogía orientada al autonomismo) y, después, a la prensa insurgente y el periodismo criollo como movilizadores del orgullo patriótico (aunque no esté bien a bien definida la patria de ese orgullo) y trae a colación a personajes como Bustamante, Maldonado y Lizardi para ejemplificar -sobre todo con este último- una "corriente criolla que se visualizaba como mediadora intelectual en el conflicto entre insurgentes y contrainsurgentes" (p. 57).

El segundo capítulo del libro examina el fuerte arraigo del imaginario imperial o monárquico. Para Rojas la construcción del imperio mexicano se explica por esa fuerte vertiente ideológica (arraigada incluso en los republicanos) que no pudo concebir otra estructura para el recién nacido país que no fuera la monárquica. Partícipes de este imaginario mesiánico fueron incluso los criollos que vieron en la independencia la restauración del imperio azteca. Fue el imperio iturbidista la cristalización política de ese imaginario monárquico que Landavazo estudió en el momento de la guerra. Aunque de cierta forma el imperio haya sido, como dice Rojas, imaginario -un sueño monárquico-, cumplió con el fortalecimiento militar y la expansión territorial; y aunque los planes de Veracruz y Casa Mata derribaran la estructura imperial, el advenimiento del republicanismo no desplazó completamente el discurso y las prácticas monárquicos.

En el tercer capítulo Rojas revisa la primera década de vida independiente a la luz de cuatro formas de sociabilidad: los grupos legislativos, las corrientes políticas de opinión pública, las logias masónicas y los pronunciamientos militares, formas que, finalmente, se conjugaron para articular un régimen republicano federal. Si en el capítulo anterior dejó en claro la fuerza del imaginario monárquico, aquí ofrece la intensidad del "imaginario confederativo" y la dinámica política de las provincias activada por la Constitución de Cádiz. En el estudio de los grupos parlamentarios de cada legislatura, el autor recupera las voces opositoras al régimen en turno (republicanos en la época imperial, borbonistas en la república federal, por ejemplo) destacando la complejidad que se esconde detrás de las etiquetas partidistas.

Al momento de estudiar las corrientes de opinión y echar mano de Pablo de Villavicencio (El Payo del Rosario), Lizardi y Luis Espino, Rojas desempolva los debates políticos de esa década. Uno de ellos, particularmente olvidado por la historiografía de la época, resulta sumamente expresivo de la que para el autor es una "identidad nacional semicerrada". Me refiero al debate propiciado por la participación de los extranjeros en los asuntos políticos internos (debate de tremenda actualidad, por cierto) y favorecido, en gran medida, por el napolitano marqués de Santangelo y sus polémicas recomendaciones al Congreso de Panamá. Con el afán de refutar la obra del abate Pradt, Santángelo prohijó la militarización extrema de México en contra de la Santa Alianza. La publicación de sus opiniones le valieron al marqués el exilio (o al menos la orden de expulsión), pero en su defensa y en su ataque se aglutinaron los dos grupos más importantes de opinión en ese momento: yorkinos y escoceses. Por cierto que escapan a Rojas cuatro interesantes folletos de esta polémica anexados en el Diario histórico de Bustamante.

A través del enconado enfrentamiento de los periódicos de cada grupo, El Águila Mejicana y El Sol, Rojas reconstruye las corrientes de opinión. Para ello utiliza los principales focos de debate como la concesión de las facultades extraordinarias al ejecutivo; la conspiración del padre Arenas y las dos oleadas de expulsión de los españoles; la conspiración de Bravo (y el fin escocés); la disputa electoral entre Gómez Pedraza y Guerrero; el motín de la Acordada, y el papel político del embajador Poinsett, entre otros. Acaso le falta a este recorrido mostrar la gran preocupación pública del momento: la posibilidad de una reconquista, y todo el ambiente político de temor e incertidumbre que propició esa posibilidad. Aunque el autor plasma correctamente el violento diálogo que entablaron los periódicos y los panfletos, falta mayor énfasis en ese ambiente capaz de publicar sin ningún tipo de censura las críticas más inclementes al gobierno y a los dirigentes públicos.

Por otra parte Rojas se ocupa de la peculiar legitimidad que se adjudicaron los levantamientos militares y la forma en que alteraron la lucha por el poder. En gran medida debemos a este mecanismo la idea de esta época como una sucesión interminable de planes. Factor esencial de esta legitimidad fue la desconfianza pública hacia los partidos políticos, más bien vistos como un peligro de división nacional. El autor inserta aquí una breve historia de la instalación de la masonería en la Nueva España y de su actuación política en el México independiente (o "posvirreinal" como prefiere llamarlo).

El cuarto capítulo es, a mi juicio, el más original del trabajo de Rojas. En sentido estricto es éste el único apartado que se ocupa de lo que promete el subtítulo del libro: la opinión pública. Rojas recupera aquí el folclor y la riqueza histórica de los panfletistas, curiosos personajes que son un vivo reflejo de la política de los 1820. Escurridizos escritores de prosa ligeramente vulgar, caprichosa cultura y fácil pluma que, despreciados por todos los círculos sociales, fueron figuras marginales pero fundamentales del México independizado. Es decir, marginales socialmente, pero su tarea de articular en sus escritos las distintas esferas de opinión fue sustancial. Seductoras figuras del corte de Lizardi, Espino, Villavicencio, Ibar y Dávila, amalgamaron una importante comunidad de lectores y propiciaron una vertiginosa sociabilidad en torno al panfleto.

El quinto capítulo (reproducido, por cierto, de manera íntegra, en El republicanismo en Hispanoamérica, obra coordinada por el propio Rojas y José Antonio Aguilar y publicada por el Fondo de Cultura Económica y el Centro de Investigación y Docencia Económicas en 2002) es definido por el autor como un "ejercicio de arqueología del pensamiento político mexicano" (198 p.). Retoma aquí problemas históricos ya revisados en los apartados dos y tres, como el republicanismo opositor a Iturbide y la fortaleza del imaginario monárquico, así como la fuerza centrífuga de las provincias. Recupera el pensamiento del padre Mier y su tránsito del monarquismo británico al republicanismo estadounidense. Rojas concluye que la cultura política de esta década fue más federalista que republicana.

Finalmente, el sexto capítulo es un completo recorrido historiográfico que explica las diversas formas en las que se ha interpretado la primera década de vida independiente. El historiador de origen cubano distingue tres modelos historiográficos. Primeramente el "enfoque de los partidos", concebido por los políticos e intelectuales partícipes de la experiencia política narrada (Alamán, Mora, Zavala, Bustamante, Tornel...) que, en términos generales, vieron esa época como un pedregoso pero necesario proceso casi dialéctico entre dos fuerzas políticas opuestas y cambiantes (borbonistas e iturbidistas, centralistas y federalistas, yorkinos y escoceses, liberales y conservadores). Luego tenemos el "enfoque de los poderes", acuñado por la historiografía evolucionista del Porfiriato (Sierra, Riva Palacio, Rabasa) que encarnó el liberalismo triunfante y que, por tanto, vio en el periodo en cuestión los primeros y dolorosos pasos de una nación que sólo a la larga llegaría a la sólida madurez política. Finalmente aparece el "enfoque de las oligarquías", logrado por la variada reacción antiliberal de los años cuarenta (Cuevas, Bravo Ugarte y Chávez Orozco) que exaltó, por una parte, el Primer Imperio y la época de los "hombres de bien" y, por otra, entendió la época como una lucha por el poder entre las oligarquías y la clase media.

El tiempo de la historia profesional ha traído dos revisionismos de esta agitada década histórica. Uno que resalta los procesos culturales de la vida política y se concentra en los problemas de la representación (Nettie Lee Benson, François-Xavier Guerra, Ernesto de la Torre, Antonio Annino, Virginia Guedea, Alfredo Ávila); y otro que describe instituciones, actores y formas de gobierno (Michael Costeloe, Stanley Green, Josefina Vázquez, Torcuato di Tella, Jaime Rodríguez y Timothy Anna). El libro de Rojas no pretende apuntarse en alguna de estas dos corrientes y, en efecto, logra abarcar el amplio abanico de las temáticas que ofrece la primera década de vida independiente. A mi modo de ver, La escritura de la Independencia se enfrenta con tres dificultades. En primer lugar se ofrece en el subtítulo un estudio de la "opinión pública" y, en realidad, este problema es tratado -como argumento central- sólo en los capítulos tres y cuatro. En este sentido me parece muy grave que, siendo éste uno de los tópicos esenciales del texto, no se ofrezca una definición propia de "opinión pública". No es sino hasta muy comenzado el tercer capítulo que se cita una certera definición escrita por Mora: "la opinión pública es la voz general de todo un pueblo, convencido de una verdad, que ha examinado por medio de la discusión" (p. 125), pero Rojas no deja ver si está de acuerdo con esta definición y si, en su caso, es eso lo que se busca en el libro.

Por otra parte me parece que la obra es repetitiva en ciertos temas. Mier y su pensamiento, las logias, los republicanos, los monarquistas, el motín de la Acordada, por ejemplo, son explicados en distintas alturas del texto y con el mismo enfoque (por momentos, incluso, las coyunturas históricas son revisadas sin agregar ninguna novedad a lo dicho por Costeloe hace algunas décadas, sea el caso). Esta dificultad se podría explicar si el texto fuera una compilación de artículos originalmente separados, cosa que tampoco se dice en la introducción. Esa estructura explicaría también mi tercera crítica: la falta de una conclusión o, al menos, un breve apartado que recupere los puntos esenciales de la obra.

Sin embargo, aunque el texto no ofrece fuentes novedosas (pues echa mano básicamente de los dos periódicos más conocidos de la época y de folletos de la Colección Lafragua), me parece que su principal mérito es recopilar las preocupaciones más recurrentes en los revisionismos historiográficos de este último lustro y aglutinarlas en una explicación coherente. Sin duda alguna La escritura de la Independencia ofrece una valiosa ventana (o, más bien, varias ventanas) que nos permiten mirar de cerca la compleja, trabajosa y contradictoria época de la transición del régimen virreinal al independiente a la luz de teorías agudas y a través de una prosa fluida que, como toda buena investigación, está plagada de sugerentes vetas de investigación y propicia en el lector un sinfín de interrogantes.

Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Marcela Terrazas y Basante (editora), Alfredo Ávila (editor asociado), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, v. 29, 2005, p. 151-158.

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