Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México

 

Linda Sametz de Wallerstein, Vasconcelos, el hombre del libro.
La época de oro de las bibliotecas,
México, Universidad Nacional
Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas,
1991, 227 p., gráfs.

Ernesto de la Torre Villar


Hace veinte años, aproximadamente, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales hice entre mis estudiantes, que eran muy brillantes e inquietos, el intento de revalorar la figura de José Vasconcelos, de ponerlos en contacto con sus escritos, de hacerlos reflexionar sobre su pensamiento. Algunos colegas pensaron, dada la época y las circunstancias, que resultaba peligroso ocuparse de nuestro máximo pensador y del hombre de algunas veleidades políticas. El resultado de ese ensayo sobrepasó mis esperanzas. Mis estudiantes entraron en el análisis profundo y entusiasta, fueron atrapados por la fuerza de su pensamiento y de su prosa ágil, vibrante, por su personalidad multifacética, por su viril carácter. Descubrieron en Vasconcelos a uno de los más grandes ideólogos mexicanos, a un ser altamente positivo, a un constructor de nuestra cultura. Fueron esos jóvenes discípulos convertidos al culto vasconceliano, a la defensa de la cultura que él anheló para México.

De esos años para acá, el interés por Vasconcelos ha ido in crescendo. Lo han estudiado propios y extraños; tirios y troyanos se han referido a él como hombre, político, educador, pensador guía de un pueblo y transformador de la cultura. Ya no es la suya una literatura proscrita por sus devaneos de última hora, por su oposición al absolutismo del pensamiento que intentaba manipular toda acción humana. Su vida y obra han sido analizadas con penetración justiciera y profundamente. Los trabajos de Herminio Ahumada, de Genaro Fernández MacGrégor, de Miguel Herrera López, de Salvador Azuela, de Mauricio Magdaleno, de Rafael Moreno, de Enrique Krauze y de José Sánchez Villaseñor, entre otros nacionales, se dan la mano con los luminosos estudios de John Herbert Haddox, de Emmet M. Partin, de John Skirius, de Claude Fell, entre los más recientes. Las ideas proteicas del autor tanto de la Estética, De Robinson a Odiseo, de la Raza cósmica, del Ulises criollo, de la Breve historia de México y de otras muchas diferentes y ricas pero dotadas de un espíritu orientador, hondo y congruente, han sido sometidas a análisis serios, constructivos y rigurosos que nos permiten advertir en toda su grandeza la labor de nuestro único filósofo sistemático y original.

La obra de la que hoy nos ocupamos, de Linda Sametz, viene a llenar un hueco de la labor realizada por Vasconcelos, de su acción en torno del libro como instrumento de cultura, como recurso ideal para la difusión de las ideas, como instrumento para llevar al conocimiento del pueblo, el pensamiento que sustenta la cultura universal. El título de que lo ha dotado su autora: Vasconcelos, el hombre del libro, envuelve toda la figura del personaje, porque Linda Sametz estudia, a través del tiempo, la acción poderosa que el libro tiene como instrumento formativo, como medio de maduración intelectual y moral, como elemento de goce espiritual, de sano esparcimiento, de fecundador espiritual e intelectual.

La autora hace hincapié en cómo el libro estuvo presente como compañero intelectual en la vida de Vasconcelos desde sus primeros años; cómo fue amigo insustituible, compañero en todas las etapas de su vida, el formador más eficaz de su cultura, el agitador más poderoso de su acción y, también, el instrumento más fuerte, idóneo y efectivo para realizar su prodigioso intento de transformar al país, de dar a los mexicanos la posibilidad de constituirse de un pueblo inculto y atrasado, en una nación libérrima, abierta a todas las innovaciones, así como a un cambio material, intelectual y espiritual mediante el cual dejara atrás su ignorancia y su miseria para convertirse en una nación culta y pujante. A través del libro trató Vasconcelos de transformar a México, enriqueciéndolo espiritual e intelectualmente, mediante el conocimiento del pensamiento universal. La influencia total del libro en Vasconcelos representa la primera parte de su estudio y constituye la base de la acción posterior que realiza para poner el LIBRO, así en mayúsculas, al alcance del pueblo mexicano, como medio de hacerle llegar el pensamiento de todas las épocas y de todas las culturas a nuestra sociedad, que, entonces como ahora, está sedienta de saber, de conocimientos y ansiosa de poder acercarse al mundo de las ideas.

La segunda parte del estudio de Linda Sametz lo consagra a informarnos, con toda amplitud, de cómo Vasconcelos utiliza al libro como instrumento de perfeccionamiento moral, cívico e intelectual, cómo se esfuerza por hacer llegar a todos los mexicanos, libros de todo género, representativos de todo el quehacer intelectual. Como lo estimaron Lizardi y Mora, el libro es un medio seguro de instruir y cultivar a la sociedad mexicana, dotándola de mil y mil posibilidades de formación de su cultura. Por esa idea, Vasconcelos elaborará un amplio, inteligente y efectivo programa de edición y distribución de libros relativos a los diversos grados de instrucción del pueblo. En este aspecto, la acción vasconceliana encuentra en la homóloga de Sarmiento, su exacta correspondencia. En el panorama intelectual de América sólo el autor del Facundo y el del Ulises criollo tiene tanta fe en el impacto del libro sobre la sociedad, en la obra de salvación espiritual que con él se debe realizar. Las ideas y planes de acción de Sarmiento por constituir una asociación editorial que cuente con el apoyo de todos los países hispanoamericanos sólo pueden relacionarse con las de Vasconcelos. Igualmente se relaciona la actitud de estos próceres culturales en el afán no sólo de imprimir más y mejores libros, sino de crear las instituciones que los salvaguarden, que los difundan, que los hagan llegar a los usuarios a los que están destinados: las bibliotecas.

Es precisamente en el libro de Linda Sametz que su subtítulo indica mediante qué recursos instrumentó Vasconcelos su difusión del libro. La Época de oro de las bibliotecas indica cómo fue la creación de una notable red bibliotecaria, cómo Vasconcelos trató de hacer llegar al pueblo los beneficios que los libros aportan, cómo fue esa red, debidamente organizada y que tocaba los centros más importantes del país, como puntas de un sistema nervioso, la que sirvió para proporcionar a la nación las instituciones que no sólo fueron pensadas para almacenar los libros, sino para atraer por diversos modos la atención de los diferentes grupos sociales al uso de los libros. Creación de amplia red de bibliotecas bien dotadas, con personal idóneo, jerarquizadas, pues algunas fueron, como la Cervantes y la Iberoamericana, puntos neurálgicos de extrema importancia. Y la creación de estas instituciones requirió la formación de bibliotecarios, muchos de los cuales fueron enviados a estudiar en centros de formación bibliotecaria muy acreditados. En esos años se iniciará el sistema de enviar personal altamente calificado a prepararse para que pudiera regresar a hacerse cargo del sistema bibliotecario, utilizando los aportes bibliotecológicos más idóneos y operantes para clasificar, catalogar y poner en servicio los ricos acervos que se confiaron a esos centros. De ahí partirá la tecnificación de las bibliotecas, su diversificación, su utilización.

Los datos que nos proporciona la señora Sametz acerca de la creación de las bibliotecas, de su funcionamiento, de su utilización, constituyen la mejor síntesis informativa en torno de la labor realizada por los departamentos de bibliotecas que se crearon. También nos indica cómo al frente de esos departamentos figuraron notables intelectuales, conectados con el mundo de los libros, como Jaime Torres Bodet, Julio Torri, Rafael Heliodoro Valle y otros muchos, cuya acción es puesta de relieve por nuestra autora.

Obra notablemente documentada, estructurada lógicamente y escrita con claridad e interés, completa la información que muchos otros libros escritos en torno a Vasconcelos no han tocado. Éste es el que complementa todo lo que acerca de él se ha dicho en el campo de su acción educativa.

Quienes asistimos, aun cuando de lejos, a la creación de las bibliotecas vasconcelianas, pero de las cuales sí nos pudimos servir con enorme facilidad y eficacia, a las que vimos actuar con notables conferencias, recitales, representaciones, como las que se hacían en la Cervantes y en la Sor Juana, que toca muy de paso nuestra autora; los que nos beneficiamos, repito, de las bondades de sus ricos y nutridos acervos, de su excelente organización y servicios como auténticas extensiones de la escuela no podemos dejar de sentir angustia y dolor al ver cómo fueron olvidadas a poco esas instituciones, cómo se les fue tratando con una gran indiferencia y después se les dejó morir, dispersando sus ricos fondos, inutilizando sus instalaciones y cambiando para mal, todo el ímpetu renovador que estas instituciones tenían. Es lamentable ver cómo a los sesenta años de haberse creado un vigoroso sistema bibliotecario, las bases del mismo se hayan deshecho, hayan desaparecido. ¿No podemos explicarnos por qué esa obra genial y gigantesca no se enriqueció, no sirvió de base para ampliar, como el tiempo y las circunstancias lo querían, la red de bibliotecas mexicanas? Los fondos de esas instituciones fueron subestimados, desperdiciados, dispersados, como ocurrió con las ricas bibliotecas novohispanas. Se volvió a dar una muestra de incultura que ha afectado el desarrollo nacional. Parece paradójico que sea necesario destruir para construir de nuevo. Las nuevas bibliotecas creadas con vigor en los últimos años debieron descansar sobre el anterior sistema, reforzado, modificado, pero no destruido. Parecería que estamos obligados a seguir utilizando el viejo sistema de la destrucción periódica que los pueblos indígenas tenían es tablecido cada cincuenta y dos años. De esta suerte, buena parte de la acción de Vasconcelos se malogró, por indiferencia, mala fe y descuido criminal de las autoridades correspondientes.

Por todo ello, el libro de Linda Sametz viene en parte a ser no sólo un elogio del amor al libro que nuestro filósofo poseía, sino una apreciación muy justa, convincente y demostrativa de la inmensa labor que a través de las bibliotecas, de un servicio bien organizado e inteligentemente planeado, se esperaba que redundara en beneficio de la nación.

Es justo y saludable recordar y, principalmente, hacer conciencia de que una nación como la nuestra, carente de recursos materiales, humanos e intelectuales, pueda ejercer una obra de destrucción periódica de sus instituciones más relevantes. Si recordamos con inmensa nostalgia la desaparición de aquel proyecto cultural tan extraordinariamente notable como fue el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, igualmente debemos recordar, con el propósito de no volver a incurrir en los mismos errores, la magna obra vasconceliana, de crear para beneficio y salvación del pueblo mexicano, un sistema bibliotecario que debe ser considerado como el que constituyó una época de oro.

Por último, no puedo menos que alabar el rigor metodológico del libro como se observa en su aparato crítico y la abundante y bien utilizada bibliografía que sustenta este trabajo.

Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Álvaro Matute (editor), Ricardo Sánchez Flores (editor asociado), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, v. 16, 1993, p. 239-243.

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