Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México

 

Josefina MacGrégor, México y España: del Porfiriato a la Revolución,
México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana,
1992, 243 p. (Colección Sociedad).

Álvaro Matute


La riqueza y variedad de las relaciones entre México y España han quedado bien captadas en este libro de Josefina MacGrégor, el cual parece adoptar una forma cónica, en la medida en que parte de una gran amplitud y se va cerrando conforme avanza hacia el final dentro de la temática propia de la historia diplomática. Y es que, bien contemplado el asunto, la historia de las relaciones bilaterales entre dos países, tan denostada por los Annales, no sin razón, hoy en día es y debe ser algo más que la relación de los intercambios de notas o el examen de la correspondencia de las legaciones. Si bien ése es y ha sido el núcleo de lo diplomático, los intereses históricos de hoy claman por la sociedad. Y así lo demuestran productos historiográficos de manufactura reciente como La guerra secreta en México, de Friedrich Katz, libro en el que no sólo aparece el tema fundamental de la injerencia de las potencias en la Revolución Mexicana, sino que se establece un amplio marco histórico social dentro del cual se caracteriza sobre todo a la región norteña y a sus moradores, ya que ése será el campo de acción que propicia la presencia y el interés de las potencias en México.

Volviendo al texto de Josefina MacGrégor, México y España: del Porfiriato a la Revolución, aludí a su forma cónica porque se abre de manera amplísima, lejos de los temas tradicionales de la historia diplomática, para tratar con la debida proporción el interés que ambos países tenían el uno por el otro.

Antes de entrar en materia, MacGrégor alude a los estudios precedentes sobre el tema, haciendo un verdadero ensayo historiográfico, como el que acostumbran los académicos anglosajones en las páginas previas a la bibliografía y repertorio de fuentes, y que aquí la autora ofrece como parte de la introducción. Creo que ésta es una costumbre que debe tomar carta de naturalización, ya que es fundamental establecer un punto de partida historiográfico haciendo referencia al estado de la cuestión en que se encuentra la temática tratada en el libro. Y lo que en pocas pero sustanciosas páginas ofrece la autora es un completísimo recuento de lo que estudiosos mexicanos y extranjeros han desarrollado en torno al tema hispano-mexicano dentro del epicentro porfírico-revolucionario. Así, su propio trabajo queda relacionado dentro de la renovación iniciada por Vicente González Loscertales y Clara E. Lida y que han continuado Carlos Illades y Óscar Flores Torres.

El primer capítulo es el que justifica mi apreciación cónica de la obra, ya que dentro de su enorme riqueza trata temas amplios y variados que enriquecen la bilateralidad diplomática que será tema predominante -que no exclusivo- en los dos capítulos restantes y en el epílogo, donde la política será el asunto principal.

Conviene, en ese sentido, reparar en la importancia y variedad que implica la relación hispano-mexicana entre la República Restaurada y el Porfiriato. Si bien el monto de la emigración española a México es mucho menor al que se estableció en los países del extremo sur de América, fue la población extranjera mayoritaria de las que llegaron a México durante esos años. Además, entre el primero y el tercer censos generales de población, es decir, de 1895 a 1910, se duplicó el número de naturales de España asentados en México. Esto es casi de poco más de quince mil a más de treinta mil hispanos en el año del centenario. Esta colonia extranjera superaba a la norteamericana y a la guatemalteca, la última oscilante, como hoy en día.

MacGrégor da un perfil completo y bien trazado de los españoles en México en los años porfirianos, con la variada gama de actividades económicas y sociales que caracterizaron a la inmigración hispana. La relación entre los residentes españoles y la diplomacia es un tema cuyo tratamiento no debe ser casual o caprichoso, sino que se trata de algo esencial, ya que a la mitad del siglo XIX esta relación sentó precedentes negativos, en vista de que muchos agiotistas jugaron a la doble nacionalidad solicitando la interpretación de la representación española cuando así les convenía y ostentándose como mexicanos en otras ocasiones. Es por ello que el asunto no debe aislarse. Sin embargo, la migración posterior no tuvo esas características. Josefina MacGrégor trata diversos grupos de inmigrantes, como negociantes o tenderos, profesores, sacerdotes y obreras. Destaca, asimismo, a algunas individualidades para avanzar hacia la meta deseada.

Las fiestas del centenario le ofrecen a la autora un espléndido marco para el desarrollo de su tema. Dentro de él, más que la mítica figura del marqués de Polavieja, se centra en un extraordinario embajador cultural, don Rafael Altamira y Crevea, quien fue parte del "paquete" cultural enviado por los españoles para corresponder a su anfitrión Porfirio Díaz. No es el espacio apropiado para tratar la importante influencia que ejerció Altamira en historiadores mexicanos, pero la trayectoria y el pormenor de las conferencias impartidas por el entonces catedrático de la Universidad de Oviedo, permite inferir que los intentos de renovación programática de los estudios históricos en 1914 llevada a cabo por Roberto Esteva Ruiz en el Museo Nacional deben mucho a una de las pláticas de don Rafael Altamira, quien muchos años más tarde vendría a morir en nuestro país.

El centenario y, sobre todo la secuela posterior, es decir, el estallido revolucionario son elementos que van estrechando el cono. La historia diplomática comienza a establecerse y es tratada con rigor, solidez y soltura por la autora, a quien se le va imponiendo una figura central a la que recupera, recrea y reinterpreta y que es el ministro Bernardo Cólogan y Cólogan, quien se va convirtiendo en protagonista del último tercio del libro. Frente a las imágenes que se habían vuelto convencionales acerca de la actuación del diplomático durante el maderismo y la ya octogenaria Decena Trágica, MacGrégor con base en una variada documentación rescata una figura central de esos días, tal vez podría decirse restaura o instaura, ya que descubre al personaje que, sin perder su dimensión de representante español, se involucra en los hechos y ofrece en la documentación que produce una visión inteligente de los mismos.

La complejidad política de la relación de los españoles con el huertismo es dilucidada por la autora al mostrar con una buena documentación la antipatía que sentía Cólogan por el general Huerta, que contrastaba acaso con el "huertismo" que era más un afán restauracionista de muchos miembros de la colonia española. El ministro se ubica ante su propio gobierno como simpatizante de Madero, aunque la historia le ha reprochado el no haberse enfrentado con mayor energía a Henry Lane Wilson. La obra de Josefina Mac Grégor deslinda los campos y establece a su personaje en una dimensión nueva para los interesados en la historia de las relaciones exteriores de México.

Las aportaciones de este libro son, pues, múltiples, de gran amplitud temática y presentadas con una escritura atractiva y ágil que hace al lector llegar de manera grata al final. Antes de que esto suceda, el lector debe atravesar por una buena selección gráfica que recoge imágenes importantes del proceso narrado en el libro. La obra mereció ser distinguida con el Premio Salvador Azuela correspondiente a 1991.

Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Álvaro Matute (editor), Ricardo Sánchez Flores (editor asociado), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, v. 16, 1993, p. 233-235.

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