Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México

DE LA HISTORIA Y LAS HISTORIAS SOBRE VERACRUZ

Carmen Vázquez Mantecón


Los estudios, novelas y ensayos sobre Veracruz son abundantísimos. Sus mismos habitantes han hecho posible esta tradición que no data precisamente de este siglo. Los veracruzanos -y también los fuereños- han escrito siempre su historia. El orgullo de pertenencia se refleja asimismo en las historias de sus cantones, que fieles muchas veces a modelos decimonónicos, hablan de su situación geográfica, del clima de su población, de las actividades industriales y productivas y de los hechos históricos que consideran relevantes incluidos sus edificios y personajes célebres.

Hay un asunto, sin embargo, que en los últimos decenios, preocupa sobre todo a los historiadores. Se trata de lo que se ha definido como historia regional. Desde un punto de vista general en el caso de México, los habitantes de las regiones se han preocupado siempre por escribir su historia. También es un hecho que el centralismo cultural las ha engullido al dar más importancia a trabajos que describen procesos generales del país, escritos la mayor parte de las veces desde la misma capital. Un número considerable de historias regionales se han hecho sin relacionarse con el todo del que forman parte, mientras la historiografía, que abarca grandes periodizaciones o situaciones políticas consideradas relevantes, tiende a descuidar la importancia que el desarrollo propio de las regiones imprime a los procesos que se intentan interpretar.

Cada región tiene su problemática particular y su propia lógica. Sin embargo, tiende también sus hilos hacia otras zonas y la tensión de la trama le recuerda que no puede soltarse tan fácilmente. La historiografía de las regiones no está aislada de la historia nacional. Encontrar esa lógica característica sin perder de vista que se es una pieza más, evitaría quizá el repetir la vieja tradición de la que hablé más arriba -aquella que pretende que la región es el todo- o hacer la historia nacional por la unión de secciones regionales.

Esto viene a cuento como introducción de la reseña de cuatro libros que apuntan varias coincidencias: que se refieren a Veracruz; que fueron producto de un convenio entre El Colegio de México y la Universidad Veracruzana y aparecen con el pie de imprenta de dicha institución y del gobierno del estado, y que se interesan en resaltar el carácter regional de los acontecimientos históricos que narran. Los cuatro están apoyados con abundantes fuentes primarias y bibliográficas. Abarcan periódicamente desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el decenio de los sesenta en este siglo. Dos de ellos describen cuando el estado fue capital de la nación -con Juárez y Carranza- y los otros dos intentan la biografía de dos gobernadores y hombres políticos veracruzanos que surgieron con la Revolución y que afianzaron su poder tanto en el ámbito regional como en el nacional: Cándido Aguilar y Adalberto Tejeda. Por último, tres se refieren a la revolución en Veracruz y por eso hablarán de los mismos personajes, aunque, como se verá, desde ópticas distintas.


Carmen Blázquez Domínguez, Veracruz liberal, 1858-1860, colaboración de Concepción Hernández Ramírez y Aurelio Sánchez Durán, México, El Colegio de México y el Gobierno del Estado de Veracruz, 1986, 269 p.

El antecedente histórico inmediato del cual parte este trabajo es la Revolución de Ayutla de 1854-1855 y lo que pretende es comprender la etapa reformista en la entidad veracruzana. Todos los acontecimientos históricos que se dan entre 1858 y 1860 periodo que abarca la llamada guerra de Tres Años, tratarán de ser relacionados con los sucesos nacionales, si bien el énfasis estará puesto en su carácter regional. El material de trabajo, rastreado en archivos municipales y notariales veracruzanos no resultó muy fácil de obtener por la carencia de fuentes de primera mano básicas para el periodo estudiado.

El objetivo fue tratar de presentar en una "panorámica histórica distinta", un libro que ofreciera nuevas posibilidades de interpretación con respecto al grupo liberal veracruzano; al porqué de sus fluctuaciones políticas; a los intereses económicos que se pusieron en juego; a las ambiciones de poder; a los efectos de la guerra en el estado; a la influencia juarista en sus colaboradores; a las relaciones entre el gabinete constitucionalista y el gobierno estatal y a las distintas reacciones de los sectores sociales afectados con la guerra.

Concluirá que en Veracruz sucedieron cosas más allá de la simple ocupación del puerto por las tropas liberales o por la presencia de Juárez. A nivel local se dio un proceso complicado "derivado de acontecimientos nacionales pero con matices regionales específicos": por un lado, porque el gobernador Manuel Gutiérrez Zamora supo mantener su independencia para los asuntos propios del estado a pesar de la importancia nacional e internacional de medidas que se tomaron entonces allí y, por otro, por la fuerza de los intereses y diferencias políticas de las sociedades locales. Aunque el grupo liberal no se mantuvo homogéneo, por eso sostiene Carmen Blázquez que los liberales veracruzanos "buscaron crear estructuras que legalizaran y garantizaran su dominación fundadas en el respeto a cuatro conceptos básicos: libertad, igualdad, seguridad y propiedad". Sin embargo, dado que su apoyo provenía de estratos ligados al comercio y a actividades empresariales, tuvieron que establecer una serie de vínculos que dieron pie a la formación de grupos regionales que llegarían a tener una gran influencia en el estado.

Varios capítulos dedicó a las sociedades locales y su relación particular con la guerra civil. Echó por tierra el mito de que "todo Veracruz" fue siempre liberal. Para dar su apoyo al constitucionalismo, los distintos sectores valoraron muy bien el provecho que obtendrían al adoptar dicha actitud. Da cuenta de cómo la guerra repercutió en la sociedad veracruzana pero a la vez favoreció los intereses de los grupos mercantiles, y permitió la concentración de la propiedad rural y urbana a través de la nacionalización de los bienes eclesiásticos. Dado que los comerciantes tenían dinero, se recurrió a ellos rebajándoles los derechos de importación; o se les vendieron propiedades eclesiásticas, o les concedieron préstamos con garantía sobre los mismos bienes. En pocas palabras el Estado liberal creó un monstruo -que la autora denomina con corrección grupo de presión- que daría muchos dolores de cabeza a quienes tratarían de organizar al país una vez obtenida la victoria.

Esa contienda hizo que la población de todo el estado viviera en constante alarma por el flujo continuo de las fuerzas liberales y conservadoras. En el puerto, sede del gobierno constitucionalista, no se aceptaba el estado de sitio y era precisamente allí donde se hacía más patente el conflicto -no explícito- entre el gobierno local y el nacional a causa de la emisión de leyes y decretos. Las repercusiones inmediatas de esto afectaron primero a sus habitantes. Los veracruzanos tuvieron que dividir sus actividades por las exigencias de la guerra: durante el día y hasta las diecinueve horas eran ciudadanos comunes; sin embargo, durante la noche, se convertían en soldados. El puerto fue entonces visto por la autora como una ciudad criolla dominada por los comerciantes, cuya actividad significó una fuente de recursos que permitía disponer de circulante y quienes eran también administradores de fincas, si bien otros "porteños" que pertenecían a sociedades locales de Córdoba, Orizaba y Xalapa invertían además en la industria textil y en la explotación del tabaco.

Juárez ocupa muy poco espacio en este libro. Se trata más bien de la guerra vista con un lente de aumento puesto sobre Veracruz. El presidente es un actor más que no quita espacio a las campañas militares, a la situación de las ciudades y del campo, al bandidaje, la carestía y la actuación de las sociedades locales con respecto al conflicto. Benito Juárez encuentra aquí su medida, sobre todo en el análisis de las repercusiones de la emisión de las famosas Leyes de Reforma en Veracruz y en todo el país. Tampoco descuida a los conservadores que ocupaban la capital y sus reacciones frente a la radical legislación del gobierno liberal.

Con la derrota de Miguel Miramón en Calpulalpan terminó la guerra de Tres Años, y es en ese momento histórico donde el libro se detiene. Veracruz había cumplido con su cometido de dar asilo al gobierno trashumante y supo también sacar provecho de la tensa situación política vivida, fuera por las garantías que obtuvieron algunos sectores por dar su apoyo al constitucionalismo, fuera por los efectos inmediatos que tuvo ahí la nacionalización de bienes eclesiásticos.

Llegar a sus interesantes conclusiones se vuelve, a veces, cuesta arriba para el lector. A pesar de que la autora se queja por la falta de documentación para ciertos temas, resulta que la información que utilizó llegó a ser, por momentos, excesiva. Difícil es discriminar datos que no ha sido fácil encontrar -y esto es, por qué no, autocrítica- como lo es también ceder terreno a la interpretación más que al acopio de noticias. Este libro interesará no sólo a los veracruzanos. Los estudiosos del periodo reformista encontrarán muchos datos relevantes además de una adecuada perspectiva para tratar la historia regional en un momento de tensión nacional.


Berta Ulloa, Veracruz, capital de la nación, 1911-1915, colaboración de María Larrazolo y Abel Juárez, México, El Colegio de México-Gobierno del Estado de Veracruz, 1986, 189 p.

El propósito de esta investigadora fue estudiar la administración pública del entonces primer jefe del Ejército Constitucionalista, Venustiano Carranza, desde el puerto de Veracruz, situada entre noviembre de 1914 y octubre de 1915. Para ello puso como antecedente inmediato la ocupación norteamericana y los intereses del presidente norteamericano Woodrow Wilson, con su política de juego hacia los grupos negociadores del retiro de los marines. Aquí la autora describe con gran detalle los acontecimientos político-diplomáticos desatados por la intervención, así como la ruptura revolucionaria a partir de la Convención de Aguascalientes, pero no precisamente desde el punto de vista de la ciudad porteña y de sus moradores, sino desde las esferas del poder mexicano-norteamericanas.

Son muchos los autores que, como Berta Ulloa, han comparado a Venustiano Carranza con Benito Juárez y a los gobernadores veracruzanos Cándido Aguilar y Manuel Gutiérrez Zamora por la similitud de circunstancias en su actuación política. Durante la segunda mitad del siglo XIX los reformistas legislaron desde Veracruz sobre el matrimonio civil y con ese mismo espíritu liberal los llamados civilistas dentro del carrancismo decretaron, en ese lugar, la vigencia del divorcio en nuestras leyes. El paralelo se vuelve aquí doble: por la coincidencia liberal que necesitó el asilo político que le ofrecía el estado -que no sólo ha sido llamado "puerta grande" de la república sino que a partir de 1863 extendió real y simbólicamente su nombre a "Veracruz-Llave" en honor del liberal veracruzano Ignacio de la Llave - y por la diferencia de tratamiento que dieron Carmen Blázquez y Berta Ulloa a sus trabajos. En efecto, la primera hizo del juarismo un pretexto para estudiar a Veracruz, mientras la segunda describió más el carrancismo, usando como excusa al estado.

En seis capítulos se detalla la etapa de legislación social; el conflicto entre los civilistas y los militaristas encarnado por Luis Cabrera y Álvaro Obregón; la difícil convivencia del poder nacional en el mismo espacio físico que el local; las campañas revolucionarias contra Villa y Zapata orquestadas desde Veracruz y las presiones norteamericanas a través de la agresiva política intervencionista de Woodrow Wilson que aludía a la división entre los revolucionarios.

De Carranza -personaje principal en este trabajo- nos dice que agradeció siempre la hospitalidad veracruzana y fue el primero que se refirió a que la presencia de Juárez en ese lugar dio inicio a los cimientos de la Reforma. Se consideraba asimismo como un continuador pero también buscaba abrigo para poder formular principios fundamentales a las nuevas instituciones. En ese momento en Veracruz fue importante la figura del gobernador Cándido Aguilar, quien sería, según Berta Ulloa, un hombre muy querido por el pueblo, nunca opacado por don Venustiano. Después de haber analizado los decretos que en materia agraria, obrera, educativa y petrolera emitió Aguilar, resulta que fue una pieza clave para entender la importancia de Veracruz como capital de la nación en 1914-1915. Sin embargo, en el libro no se aclara lo suficiente la relación política entre ambos por recibir Carranza la mayor atención. El dilema entre el militarismo y el civilismo en este presidente pudo haber servido como entrada al estudio de sus verdaderos postulados agrarios (a quien preocupaba más ser justo que crear un nuevo régimen de propiedad), y los de Aguilar (que tomó la determinación de resolver el problema agrario y compartió las ideas avanzadas de Pastor Rouaix y Lucio Blanco). La presencia de Carranza en Veracruz no altera la preferencia de sus habitantes hacia la política del gobernador. Sin embargo, este libro no responde algunas inquietudes que su misma lectura despierta: ¿Cuál fue la relación entre ambos? ¿Por qué Carranza lo deja actuar y a qué responde esa medida? ¿Hasta dónde la incondicionalidad de Aguilar y hasta dónde tenía libertad de actuación? ¿Cuáles fueron los resultados políticos de esa relación para Veracruz, para el país y para cada uno de ellos en particular?

En otro orden de cosas, un capítulo está dedicado a describir la vida en el puerto, otro la de "los campos y las poblaciones" y el último a la legislación en materia de trabajo y a las organizaciones obreras. La capital del estado no fue ajena a la crisis económica que vivía el país entero: 1915 fue el año del hambre. La carestía, la falta de circulante, la inflación y la escasez de alimentos afectaron a sus habitantes. Sin embargo, también pudieron darse otras cosas que la autora contrapone con subtítulos alusivos: "Lo necesario y lo bello" y "Lo solemne y la frivolidad". En cuanto a lo primero, se refiere a la salud pública y al remozamiento de parques y jardines. Lo solemne tuvo que ver con Carranza y lo frívolo con ese sabor alegre y desprendido característico de Veracruz y de su vida social. Francisco L. Urquizo vio cómo los fuereños se aficionaron a bailar danzón, mientras todos iban al teatro a ver el Hamlet de Shakespeare.

Algunas fobias constitucionalistas tuvieron su primera experiencia en el estado: anticlericalismo y rechazo a los extranjeros hicieron actuar al unísono al gobernador y al presidente. Los que no bailaron tan gustosos ese danzón fueron los veracruzanos. Quizá también por eso el presidente no se sentía muy seguro: describe Berta Ulloa su cambio de residencia de la habitación que tenía en Faros a Ulúa, que aunque había sido remozada tenía todavía cierto aire de presidio. Varios testigos señalaron que se operó en Carranza una especie de delirio de persecución. Pocos días después, abandonaría el puerto para hacer un viaje por distintos estados si bien sus colaboradores regresaron de inmediato a la ciudad de México que recobró su carácter de capital de la república.

Una gran cantidad de hechos descritos no encuentran interpretación en el libro en cuestión. Resulta difícil ubicar las líneas de interés para la autora. La invasión norteamericana ocupa muchas páginas, incluso casi todo el espacio en la sección de fotografías. Aunque partió de ese tema como un antecedente, éste dominó buena parte de su trabajo y no hace ni siquiera referencia a las ventajas que de ello obtuvo el carrancismo. Tampoco analiza las repercusiones de la invasión al interior de Veracruz, sobre todo por estar en uno de sus puntos más caldeados en la contienda revolucionaria. Por otro lado, pareciera que trata por separado los asuntos de Carranza e igualmente los del gobernador Cándido Aguilar, los de la Revolución y los de todos éstos con la entidad. La historia regional no está relacionada con la nacional ni tampoco hay un nexo de los municipios y cantones veracruzanos con lo que sucede en el puerto. La información y el detalle en la descripción de sucesos aislados ganaron terreno frente a la explicación de lo que fue Veracruz en el entramado de los hilos que tendió la Revolución en los primeros decenios de este siglo.


Romana Falcón y Soledad García Morales, La semilla en el surco. Adalberto Tejeda y el radicalismo en Veracruz (1883-1960), colaboración de María Eugenia Terrones, México, El Colegio de México-Gobierno del Estado de Veracruz, 1986, 411 p.

Un serio ejemplo de investigación colectiva es el que nos ofrecen Romana Falcón y Soledad García. Dividieron en tres el rastreo de los archivos en una búsqueda en la que cada una resolvió sus preguntas y, a la vez, alguna parte de la pregunta colectiva de las demás. A este nivel y el que sigue eran tres: Romana Falcón, Soledad García y María Elena Terrones -las dos primeras investigadoras y la tercera ayudante- y aquí cada una se responsabilizó de su pequeña lista de archivos, hemerotecas, bibliotecas y entrevistas, y, de sus abundantísima cosecha, las tres se pusieron a escribir borradores de algunos capítulos; sin embargo, quien hizo la redacción final y se responsabilizó de los resultados fue Romana Falcón.

Se trata de la biografía de Adalberto Tejeda (1883-1960), un político veracruzano surgido de la Revolución que fue famoso por su agrarismo en ese estado. No se limitaron a contar la vida de ese hombre ni analizar su etapa agrarista: intentaron con éxito, escribir un capítulo importante de la historia social de Veracruz. Frente a las opiniones que lo señalan como un hombre poderoso, descubrieron que no lo fue tanto y que en la práctica no fue muy diferente a otros dirigentes de su tiempo si bien actuó sin violencia, lo que hizo de él un revolucionario honesto que luchó por el bienestar de los trabajadores.

El entorno de la investigación les permitió contar con una perspectiva histórica amplia y compleja: la Revolución Mexicana, de la cual partieron para establecer sus objetivos que fueron siempre en dos vertientes. Una, que situó a Tejeda frente a las instituciones del poder nacional -en la que encontraron los propios límites del tejedismo- y otra, igualmente importante, que desentrañó la relación del coronel con sus bases sociales. Todo esto fue pensado para escribir una historia que no se dirigiera sólo a los especialistas. Incorporaron en sus miras a lectores de todo tipo y esto hizo que no adoptaran posturas rígidas ni academicismos y que se sintieran comprometidas con la interpretación de los hechos.

Empiezan por situar geográfica, económica y socialmente los orígenes de Tejeda: Chicontepec, pueblo indígena de la Huasteca meridional de Veracruz, lugar donde nacieron su madre y él, y la tierra fría de Jalacingo, de donde provenía su padre, precisamente de una de sus familias oligarcas. Adalberto nació en 1883 y asistió a la escuela cantonal chicontepecana; luego fue alumno de la Nacional Preparatoria en la ciudad de México, donde aprendió principios humanistas y positivistas que lo convirtieron en un aficionado a leer historia europea y trabajos sobre disciplinas sociales como el socialismo, el anarquismo y el cooperativismo. La referencia obligada al origen señala, sin embargo, la convivencia y la marca que dejaron en aquel hombre el haber sido parte de dos mundos, convergencia que estará presente siempre en su vida. Primero del ámbito indígena, aparentemente silencioso y resignado, con la conjunción de la agresiva y emprendedora actividad de los familiares paternos de Jalacingo. Después estará en su actuación política: por un lado su institucionalidad frente a la Revolución y, por el otro, sus iniciativas en pro de los campesinos y trabajadores del estado.

La inquietud por no simplificar los hechos históricos está reflejada a cada momento en el libro. Sólo de esta manera van completando la imagen de Adalberto Tejeda, quien perteneció al grupo radical del carrancismo y desde ahí inició la movilización de los pueblos indígenas, dentro de la descripción de una lucha de clases propia del desarrollo de la Revolución en aquel estado.

Resulta interesante la apreciación de las autoras en el sentido de que Carranza no contaba con un programa social al llamar al país a derrocar a Victoriano Huerta, a pesar de lo cual surgieron muchos jefes militares "que trataron de que el poder que la Revolución generaba echase raíz entre las clases proletarias". Entre éstos sitúan a Adalberto Tejeda. El recorrido que lo llevó a su encumbramiento político puede resumirse en unas cuantas líneas: empezó por cultivar la confianza y estimación de las máximas figuras políticas de la entidad, como Heriberto Jara y Cándido Aguilar. Acostumbraba enviar datos a la Secretaría de Gobernación sobre Francisco Villa y los movimientos de sus tropas, mientras informaba a Carranza sobre la cuestión política local en Veracruz y a los militares en activo sobre sucesos de la Revolución, y prefirió salirse del ámbito huasteco y fortalecer sus ligas con revolucionarios de otras partes de México. Al interior del estado puso obstáculos al enriquecimiento y poder de las empresas petroleras; regresó tierras a algunas comunidades indígenas, o hizo nuevas dotaciones; sostuvo un fuerte nacionalismo como el de Carranza y fue famoso por haber movilizado indios para combatir a los norteamericanos. ¿Resultado político de todo esto? Primero una diputación; luego su ascenso a senador en la primavera de 1917; más adelante su oportuna ruptura con don Venustiano, que lo convirtió en organizador de milicias en pro de los sonorenses aguaprietistas, y ese tino de haber estado siempre con "el ganador", le abrió las puertas a la gubernatura veracruzana. Señalan aquí las autoras que, si obtuvo el triunfo, fue por maniobras de Obregón que hizo modificaciones en la legislatura local. Como gobernador, estableció una red de espionaje e información política por todo Veracruz y adquirió la costumbre de deshacerse cuanto antes de quienes lo habían apoyado; controló los ayuntamientos y demostró en los tres primeros años "su incapacidad para realmente regir los destinos veracruzanos".

¿Cómo hizo posible que el poder de la Revolución echara raíz en las clases proletarias? En la vida de don Adalberto hubo ciertamente una etapa muy interesante que se desplegó a partir de su cuarto año como gobernador. Ésta estuvo motivada por muchos factores entre los cuales Romana Falcón y Soledad García destacan el que no hubiera querido depender solamente del poder superior, por lo cual creó las bases para la movilización de los trabajadores y el que guiara su actuación política "por una honda convicción en favor del socialismo" que sacudió a Veracruz hasta sus cimientos. Apoyó al movimiento inquilinario en 1922 y enfrentó a los círculos empresariales y al gobierno nacional a la vez que convirtió los asuntos del campo en una "verdadera pasión". Esta actitud chocaba con los intereses del presidente Álvaro Obregón por lo que fue necesario que se volviera un ferviente callista, opción política que lo alejó momentáneamente de Veracruz y lo llevó a ocupar las titularidades en las secretarías de Comunicaciones y de Gobernación, cargos que desempeñó con bastante eficacia. Cuando empezó a tener problemas con Calles, se acercó de nuevo a Obregón y obtuvo por segunda vez la gubernatura veracruzana. En ese momento coincidieron dos cosas: la muerte del presidente electo y el florecimiento del movimiento campesino. El tejedismo se fortaleció con los agraristas y viceversa y ambos lograron un verdadero control político sobre la entidad: al sostener al movimiento dio gran poder al gobierno que presidía. Sin embargo, la obra social que resultó de esta simbiosis quedó circunscrita a Veracruz, por lo que una vez que se desmoronó el agrarismo, se derrumbó el tejedismo políticamente.

La tesis central que al respecto sostiene el libro es que en ese movimiento campesino existieron diversas formas políticas que incluso llegaron a ser contradictorias. En la zona central, por ejemplo, las movilizaciones respondieron a consideraciones ideológicas de clase, ligadas más a los lineamientos de la reforma agraria. En otras regiones, el agrarismo de Tejeda se tuvo que adecuar a las formas de autoridad tradicional. Sin embargo, en términos generales, hubo una modificación de la propiedad y el aparato legal fue utilizado para hacer el reparto de tierras. Por último, concluyen que uno de los rasgos de originalidad del proyecto veracruzano tejedista consistió en haber incorporado a su ideología una compleja mezcla de influencias de las que "la más importante fue su confianza en los postulados socialistas, en especial aquellos propuestos por Marx".

¿Por qué fracasó su movimiento? ¿Fue Tejeda más socialista que institucional? Ambas preguntas son respondidas por las autoras del libro. Sostienen que se viene abajo por la incapacidad de Tejeda y de los demás líderes para llenar el vacío que dejó el luchador agrario Úrsulo Galván, en quien se había apoyado el gobernador; por la lucha que se desata para dirigir el movimiento; por el decaimiento económico; por el abismo que se abrió entre los trabajadores del campo y los de las ciudades; por la oposición de la elite veracruzana al tejedismo y por las malas relaciones del gobernador con el poder central. Con respecto a la segunda pregunta, están seguras de que buscaba implantar un régimen nacionalista que tendiera a la socialización gradual de todos los medios de producción y a la proletarización de la cultura.

Es precisamente aquí donde pierde fuerza el análisis. Pesó mucho su simpatía por el agrarismo de Adalberto Tejeda, aunque se sostiene en la introducción que los resultados de esta investigación modificaron su idea original al respecto. Sin restarle méritos al movimiento, creo que no valoraron lo suficiente la institucionalidad del político, que lo llevaría además a aspirar a la presidencia de la República y, frente al fracaso, a desempeñar distintas comisiones y cargos diplomáticos como representante de gobiernos posrevolucionarios con los que -según ellas- estaba en desacuerdo. Enrique Krauze interpretó acertadamente una disyuntiva similar que se dio en Lázaro Cárdenas: "puesto a escoger -escribe- entre la institucionalidad y la oposición, Cárdenas opta por la primera". Decir esto no significó anular el valor político que hubo en las muestras de adhesión del ex presidente hacia líderes y movimientos de izquierda en México y en el extranjero. Tampoco invalida la lucha social que como presidente llevó a cabo hacia las clases trabajadoras. Simplemente lo ubica en el tiempo y el espacio de ese fenómeno tan complejo que fue la Revolución Mexicana y de la cual también es producto el coronel de Chicontepec.

Adalberto Tejeda reflejó en su vida política su lealtad a los gobiernos emanados de la Revolución, así como sus ideales socialistas. Sin embargo, hizo toda su lucha desde el poder -con tan buena suerte, que su nacionalismo coincidió con el de Carranza y su anticlericalismo con el de Calles- hasta que se convenció, por conocer íntimamente el sistema, de que era muy difícil derrotar a la "maquinaria oficial". De haber ganado Tejeda "la grande", tal vez hubiera optado por la institucionalidad. En todo caso, fue un hombre que vivió siempre orgulloso de su obra, que en este libro ha sido gratamente rescatada, y sus autoras proponen incorporar su vida "a una memoria colectiva no sólo en aras de conocer lo que ya tuvo lugar, sino también para entendernos y ayudar a discernir el futuro".


Ricardo Corzo Ramírez, José G. González Sierra y David Skerritt, ... Nunca un desleal: Cándido Aguilar, 1889-1960, México, El Colegio de México-Gobierno del Estado de Veracruz, 1986, 348 p.

La investigación colectiva tiene muchas modalidades. Una de ellas es la que realizaron Romana Falcón y Soledad García sobre Adalberto Tejeda. Otra muy distinta es la que dio como resultado un libro sobre el gobernador y revolucionario veracruzano Cándido Aguilar en donde los tres investigadores se repartieron por igual las tareas, incluida la redacción final. Aunque no lo dicen explícitamente, intentaron hacer la biografía de este hombre porque siguen con detalle cada momento de su vida y porque su método consistió precisamente en tratar los hechos desde un punto de vista temporal y no temático.

Reconocen en la introducción que presentaron esta obra a solicitud del gobernador de Veracruz, Agustín Acosta Lagunes, para celebrar el LXXV aniversario de la Revolución Mexicana, y que la hicieron con cierta prisa. Éste será un argumento que tenderá muchas veces a confundir al lector porque en ocasiones surgirá la duda: ¿la falta de interpretación de tal o cual hecho se debió sólo a la premura?

La propia vida política y militar de Cándido Aguilar, tan llena de altibajos, se reflejó en el resultado de esta investigación. En primer lugar, porque al ser tres los que redactaron se nota un salto no sólo por el estilo de cada uno, sino por sus diferencias en la manera de interpretar los hechos. Por lo mismo, hay párrafos que se repiten idénticos en distintos capítulos (por ejemplo, en las páginas 40 y 146), y no tuvieron cuidado con afirmaciones que serían contradichas más adelante. Me refiero a cuestiones como ésta: "Es necesario subrayar que no ha sido posible adentrarse en la vida cotidiana y en el medio familiar del general Aguilar, ya que se pretendió realizar una obra de historia política". Aquí habría que distinguir entre la "posibilidad" de acceder a ciertos archivos o documentos que tal vez no encontraron y la decisión de no buscarlos. Además, me pregunto si una obra de historia política debe despreciar la vida cotidiana y familiar de sus personajes principales y, por último, llama la atención que, a pesar de lo que afirman, el libro resulta casi el diario de Cándido Aguilar.

La imagen que transmiten es la de un hombre rudo y sin cultivar que se inició en la Revolución como maderista y se integró después al constitucionalismo. Rápidamente fue nombrado comandante militar y gobernador provisional de Veracruz y tuvo que hacer frente al mismo tiempo a la administración civil, asuntos laborales y agrarios y a la retirada de los norteamericanos del puerto. Como gobernador mantuvo una política nacionalista frente a las compañías petroleras y favoreció el anticlericalismo en su estado. Los autores reconocen que muchas de sus medidas fueron apresuradas y que su legislación fue coyuntural, aunque están convencidos de que revitalizó el proyecto liberal de desarrollo capitalista en el campo. Con respecto a su ideología señalan la influencia que tuvieron en él diferentes corrientes anarquistas aunque completan: "Aguilar como primer gobernador constitucional debió enfrentar esta contradicción básica y asumir una postura que asegura la estabilidad y permanencia del régimen capitalista, y negar la vigencia de las metas finales de los magonistas o anarcosindicalistas". Su importancia consistió entonces en que desempeñó un papel central en la salida de los norteamericanos y en el apoyo que dio a Carranza cuando rompió con los convencionistas y llegó a Veracruz.

Cada uno de los temas que tratan están acompañados de su legislación correspondiente, sobre todo cuando describen el reparto agrario que llevó a cabo el general como gobernador, porque quisieron dar la idea de que fue un hombre apegado totalmente a las leyes desde las que actuó en favor de los trabajadores veracruzanos. Sin embargo, descuidaron la utilización de algunos conceptos que indicarían lo contrario, como en la página 41, donde escriben: "Bajo el amparo del constitucionalismo regresaba [Aguilar] no sólo a unir a los revolucionarios veracruzanos [...] sino a tomar por fin el poder ejecutivo". Aquí no queda más que escoger de dos, una: o fue legalista o tomó el poder arbitrariamente. En este mismo orden de cosas, critican a autores como Romana Falcón o Heather Fowler Salamani, quienes sostuvieron que el agrarismo de Aguilar respondía menos a las luchas campesinas y más a los intereses del constitucionalismo y de los propietarios. Para refutarlos, trataron infructuosamente de "acercarse con más objetividad a la realidad" para concluir que los repartos de tierras de don Cándido se retardaron; que hubo laxitud en torno al asunto; que las acciones agrarias tuvieron que sujetarse a procesos federales; que hubo conflictos por la existencia de dos instancias dictaminadoras; que los repartos de Adalberto Tejeda dejaron muy atrás a los de Aguilar y que, la modernización del campo quedó sólo en buenas intenciones. Nada de esto bastó para que modificaran su opinión inicial, e insistieron a lo largo del trabajo en dejar sin respuesta muchas preguntas sobre el controvertido político. Al lector no le queda más remedio que extraer de los hechos sus propias conclusiones que tienden muchas veces a desmitificar y a poner en su lugar a aquel hombre que aparece siempre justificado en este libro.

Describen al detalle cómo dejó la gubernatura para encargarse de la Secretaría de Relaciones Exteriores durante el gobierno de Carranza, a pesar de su "escasa y provinciana formación", de que "no tenía alcances de ideólogo o político a nivel nacional" y de que como canciller quedó en un segundo plano porque Carranza personalmente se ocupó de muchas cuestiones. No diseñó una política exterior para México, si bien se dedicó a resolver los asuntos de Veracruz desde la cancillería, mientras alternaba con obligaciones como diputado al Congreso Constituyente.

No contentos los autores con lo que han dicho y empeñados en demostrar lo indemostrable, llevan su análisis a un contrasentido. Señalan que el gobierno de Carranza nombró a Aguilar comisionado especial de México en Estados Unidos y Europa y que el alejarlo de los escenarios veracruzanos contribuyó sustancialmente a la derrota del carrancismo (p. 239). Sin embargo, más adelante, en la página 243, escriben que vuelto Aguilar a México combatió como uno de los pocos jefes leales a don Venustiano, si bien "emprendió desplazamientos que, por lo contradictorio, muestran lo infructuoso que resultó el intento reorganizador del ejército".

El exceso de transcripción documental y las citas largas van de la mano con la justificación permanente que hacen de su personaje como si hubieran querido exculparlo frente a la historia. Por lo mismo, no ofrecen una interpretación del derrumbe del carrancismo desde sus propias contradicciones. Nunca un desleal es un título que define sólo la militancia constitucionalista de Aguilar. Sin embargo, muerto Carranza, se convirtió en un eterno y fracasado conspirador contra el régimen. Su propio fin coincidirá física y políticamente con un hecho que retrata a Cándido Aguilar con nitidez: ya viejo, se presentó portando uniforme militar con insignias en el festejo del centenario de la Constitución de 1857. Abordó la tribuna de improviso y criticó la actuación del presidente Adolfo Ruiz Cortines y la de otros funcionarios, por lo que lo callaron y se dio fin al acto inmediatamente. Fuera de los límites del carrancismo, Aguilar perdió el rumbo; sin embargo, Veracruz tuvo una época de esplendor con su gobierno y su lealtad a Carranza fue un factor determinante del triunfo de éste contra los convencionistas en 1915.

Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Álvaro Matute, Carmen Vázquez Mantecón (editores), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, v. 12, 1989, p. 287-302.

DR © 2006. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas